Buck Miller
Lasciate ogne speranza, voi ch'entrate. (Blog anarcopsicótico, alcohólico y amarillista)

*El ancho mundo allá lejos, R. Bradbury

(Las doradas manzanas del sol – Ray Bradbury)

…………………………………………………………………………………………………….

Era un día para saltar de la cama, descorrer las cortinas y abrir las ventanas de par en

par. Era un día para que el corazón se ensanchase con el cálido aire de la montaña.
Cora, sintiéndose como una muchacha con un viejo vestido arrugado, se sentó en la
cama.
Era temprano, el sol apenas asomaba en el horizonte, pero los pájaros volaban ya desde
los pinos, y diez billones de hormigas coloradas habían salido de sus tostados
montículos y desfilaban por la puerta de la cabaña. El marido de Cora, Tom, dormía
junto a ella como un oso en la nívea hibernación de las ropas de cama. ¿Lo despertará
mi corazón? se preguntó Cora.
Y supo entonces por qué aquel día parecía ser un día especial.
— ¡Llega Benjy!
Lo imaginó muy lejos; saltaba en prados verdes, vadeaba corrientes donde la primavera
se llevaba a sí misma con frescos colores de musgo y agua clara hacia el mar. Vio sus
zapatones que alzaban el polvo en los caminos y senderos de piedra. Vio su cara pecosa,
alta en el sol, que miraba vertiginosamente hacia abajo a lo largo del cuerpo a las manos
distantes que se balanceaban hacia adelante y hacia atrás.
¡Benjy, ven! pensó, abriendo rápidamente una ventana. El viento le movió el pelo como
una gris tela de araña alrededor de las frías orejas. Ahora Benjy está en el puente de
hierro, ahora en el prado de la barra, ahora en el sendero del arroyo, más acá del campo
de Chesley…
En algún sitio de aquellas montañas de Missouri estaba Benjy, Cora parpadeó. Aquellas
raras y altas colinas que ella y Tom cruzaban dos veces al año con la yegua y el carro
camino del pueblo, y donde, treinta años atrás, ella había querido continuar la marcha,
para siempre; diciendo: “Tom, sigamos y sigamos hasta llegar al mar”. Pero Tom la
había mirado como si ella le hubiese dado una bofetada, y había dado media vuelta con
el carro y la había llevado otra vez a la casa, hablándole a la yegua. Y ella ignoraba si
había gente que vivía en las costas donde el mar golpeaba como una tormenta, unas
veces con fuerza, otras suavemente, todos los días. Y ella ignoraba también sí había
ciudades con luces de neón como hielo rosado y menta verde y fuegos de artificio rojo
todos los días. Su único horizonte, al norte, al sur, al este, al oeste, era este valle, y
nunca había sido distinto.
Pero ahora, hoy pensó, Benjy viene de ese mundo de allá lejos; lo ha visto, lo ha olido,
me hablará de él. Y sabe escribir. Se miró las manos. Estará aquí todo un mes y me
enseñará. Luego yo le escribiré a ese mundo y lo traeré aquí al buzón que Tom me hará
hoy mismo.
— ¡Levántate, Tom! ¿Me oyes?
Extendió la mano y tiró de la orilla de nieve dormida.

A las nueve las langostas cubrían el valle y volaban en el aire azul de aroma de pinos, y
el humo giraba en el cielo.
Cora,pulía sus ollas y sartenes y cantaba en ellas, y veía su cara arrugada que los fondos
de bronce oscurecian y renovaban. Tom refunfuñaba como un oso dormido ante el
desayuno de habas, mientras el canto de Cora se movía a su alrededor, como un pájaro
en una jaula.
— Alguien es muy feliz -dijo una voz.
Cora se transformó en una estatua. Vio de reojo que una sombra cruzaba el cuarto.

— ¿La señora Brabbam? -preguntó Cora.
— ¡La misma! -Y allí estaba la viuda, con sus largas faldas que barrían el polvo tibio,
sus cartas en la mano de pollo. ¡Buenos días! Acabo de pasar por mi buzón. He recibido
una hermosura de carta de mi tío George de Springfield-. La señora Brabbam traspasó a
Cora con una mirada de aguja de plata-. ¿Cuándo recibió usted por última vez una carta
de su tío, señora?
— Todos mis tíos murieron.
No era Cora misma, sino su lengua la que mentía. Cuando llegara el día, sabía ella, sólo
su lengua confesaría los terrenales pecados.
— Es realmente hermoso recibir cartas.
La señora Brabbam sacudió sus cartas rápidamente en el aire de la mañana.
Siempre metiendo el dedo en la llaga. ¿Cuántos años, pensó Cora, duraba esto, la señora
Brabbam que aparecía con ojos risueños y hablaba en voz alta de las cartas que recibía,
insinuando que ningún otro en kilómetros a la redonda sabía leer. Cora se mordió los
labios, y casi dejó caer la olla, pero la devolvió a su sitio, riendo.
— Olvidé decírselo. Llega mi sobrino Benjy. Sus padres son pobres, y viene aquí a
pasar el verano. Me enseñará a escribir. Y Tom nos está haciendo un buzón. ¿No es
cierto, Tom?
La señora Brabbam apretó sus cartas.
— ¡Bueno, qué magnífico! Tiene usted suerte, señora.
Y de pronto no hubo nadie en la puerta. La señora Brabbam había desaparecido.
Pero Cora corrió tras ella. Pues en aquel mismo instante había visto algo como un
escarabajo, algo como un centelleo de pura luz solar, algo como una trucha que saltaba
en el agua, y pasaba por encima de la cerca del patio. Vio una manaza que saludaba y
unos pájaros que huían aterrorizados de un manzano silvestre.
Cora corrió, y el mundo corrió detrás de ella, a lo largo del sendero.
— ¡Benjy!
Corrieron uno hacia otro como compañeros de baile en una noche de sábado, se
tomaron por los brazos, chocaron, y valsearon, tartamudeando.
— ¡Benjy!
Cora miró rápidamente detrás de la oreja de Benjy.
Sí, allí estaba el lápiz amarillo.
— ¡Benjy! ¡Bienvenido!
— ¡Pero, tía! -Benjy apartó a Cora y la miró sosteniéndola con los brazos extendidos-.
Pero, tía, estás llorando.

— Este es mi sobrino -dijo Cora.
Tom alzó los ojos ceñudos del puré de habas.
— Encantado -sonrió Benjy.
Cora tenía fuertemente a Benjy por el brazo, para que no se desvaneciese. Se sentía
débil, quería sentarse, levantarse, correr; el corazón le golpeaba rápidamente, y se reía
en momentos raros. Ahora, en un instante, los lejanos países se habían acercado, y aquí
estaba este muchacho alto, iluminando el cuarto como una tea de pino, este muchacho
que había visto ciudades y océanos y había estado en sitios donde las cosas habían sido
mejores para sus padres.
— Benjy, tengo guisantes, maíz, jamón, habas y porotos para tu desayuno.
— ¡Un momento! -dijo Tom.
— Cállate, Tom, el muchacho tiene los huesos molidos de tanto caminar-. Se volvió
hacia el muchacho-. Benjy, háblame de ti. ¿Fuiste a la escuela?
Benjy se sacó los zapatos sacudiendo las piernas. Con un pie desnudo escribió una

palabra en las cenizas de la chimenea.
Tom frunció el ceño.
— ¿Qué dice?
— Dice -explicó Benjy- C y O y R y A. Cora.
— ¡Mi nombre, Tom, mira! Oh, Benjy, qué bueno que sepas escribir, muchacho.
Tuvimos un sobrino con nosotros, hace tiempo, que decía que podía leer al derecho y al
revés. Así que lo engordamos, y el escribió cartas y nunca recibimos respuestas.
Descubrimos al fin que sólo sabía escribir como para que las cartas llegasen a la oficina
de cartas perdidas. Señor, Tom le sacó dos meses de vituallas a ese muchacho,
persiguiéndolo por el camino con un piquete de la cerca.
Se rieron nerviosamente.
— Yo escribo muy bien -dijo el serio muchacho.
— Eso es todo lo que queremos saber. Cora trajo una porción de torta de fresas-. Come.

A las diez y media, el sol se elevaba en el cielo, y Tom luego de observar cómo Benjy
devoraba un plato tras otro, salió tronando de la cabaña, apretándose la gorra — ¡Me voy, Señor! -gritó enojado-. ¡Voy a derribar medio bosque!
Pero nadie lo oyó. Cora había caído en un mudo encantamiento. Miraba el lápiz detrás
de aquella oreja de pelusa de durazno. Vio como Benjy lo sostenía entre los dedos
casualmente, ociosamente, indiferentemente. Oh, no de un modo tan casual, Benjy,
pensó. Tómalo como si fuese el huevo primaveral de un petirrojo. Ella quería tocar el
lápiz, pero no había tocado uno desde hacía mucho años, porque le hacía sentirse tonta,
y luego enojada, y luego triste. La mano le temblaba en el regazo.
— ¿Tienes papel? -preguntó Benjy.
— Oh, Señor, nunca pensé en eso -se quejó Cora, y las paredes del cuarto se
oscurecieron-. ¿Qué haremos?
— Bueno, yo traje. -Benjy sacó un cuaderno de su valijita-. ¿Quieres escribirle una carta
a alguien?
Cora sonrió de oreja a oreja.
— Quiero escribirle una carta a… a…
Se le descompuso la cara. Miró alrededor como si buscase a alguien a lo lejos. Miró las
montañas a la luz del sol. Oyó el mar que rompía en playas amarillas a mil kilómetros
de distancia. Los pájaros volaban hacia el norte sobre el valle, hacia innumerables
ciudades indiferentes.
— Benjy, Benjy, nunca lo pensé hasta este momento. No conozco a nadie en el mundo
de allá lejos. Nadie sino mi tía. Y si le escribo ella se sentirá mal, pues tendrá que
buscar a alguien que le lea la carta. Tiene un orgullo tieso como un corsé de ballenas.
Estará nerviosa diez años, con la carta sobre la repisa de la chimenea. No, no le
escribiremos. -Los ojos de Cora dejaron las lomas y el océano invisible-. ¿A quién
entonces? ¿Dónde? Alguien que me envíe algunas cartas.
— Espera -Benjy sacó del bolsillo de la chaqueta una revista barata. En la cubierta roja
una señora desnuda huía gritando de un monstruo verde-. Aquí hay toda clase de
direcciones.
Hojearon juntos la revista.
— ¿Qué es esto?
Cora señaló con el dedo un anuncio.
— Gratis. Lea nuestro folleto Músculos Más Fuertes. Envíe nombre y dirección a Poste
Restante M-3 -leyó Benjy-. ¡Recibirá el mapa gratuito de la salud!
— ¿Y este otro?
— Detectives. Investigaciones privadas. Informes gratis. Escriba a G. D. M., Escuela de Detectives.
— Todo gratis. Bueno, Benjy.
Cora miró el lápiz en la mano del muchacho. Benjy acercó la silla. Ella observó como él
hacía girar el lápiz entre los dedos, preparándose. Vio cómo se mordía suavemente la
1engua. Vio cómo entornaba los ojos. Retuvo el aliento. Se inclinó hacia delante. Ella
misma entornó los ojos y apoyó la lengua contra los dientes.
Ahora, ahora Benjy alzaba el lápiz, le pasaba la lengua por la punta, y lo llevaba al
papel.
Ahí están, pensó Cora.
Las primeras palabras. Se formaron a sí mismas, lentamente, en el increíble papel:

Estimada Compañía Músculos Mas Fuertes

Señores

La mañana se fue con un viento, la mañana se fue aguas abajo en el arroyo, la mañana
voló con algunos cuervos, y el sol ardió sobre el techo de la cabaña. Cora oyó unos pies
que se arrastraban ante la puerta soleada y resplandeciente, pero no se volvió. Tom
estaba allí, y no estaba. Nada había ante ella salvo un montón de hojas escritas, un lápiz
susurrante, Cora movía en círculos la cabeza, con cada o, cada l, cada pequeña colina de
una m; cada puntito hacía que su cabeza picoteara como la cabeza, de un pollo; cada t
hacía que su lengua lamiera de izquierda a derecha el labio superior.
— ¡Es mediodía y tengo hambre! -dijo Tom casi detrás de ella.
Pero Cora era ahora una estatua, observando el lápiz como quien observa un caracol que
deja una estela brillante en una piedra chata en las primeras horas de la mañana.
— ¡Es mediodía! -gritó Tom otra vez.
Cora alzó los ojos, sorprendida.
— ¿Sí? Parece como si apenas hubiese pasado tiempo desde que escribimos a la
Compañía Coleccionista de Monedas de Philadelphia. ¿No es así, Benjy? -Cora sonrió
con una sonrisa demasiado deslumbrante para una mujer de cincuenta y cinco años-.
Mientras esperas la comida, Tom, ¿no podrías hacer ese buzón? ¿Más grande que el
buzón de la señora Brabbam, por favor?
— Clavaré una caja de zapatos.
— Tom Gibbs. -Cora se incorporó dulcemente. Su sonrisa dijo: Mejor dirección, mejor
trabajo, mejor resultado-. Quiero un buzón grande y hermoso. Todo blanco, para que
Benjy pinte nuestro nombre con letras negras. No quiero recibir mi primera carta en una
caja de zapatos.
Y así se hizo.
Benjy escribió en el buzón terminado: SEÑORA CORA GIBBS, mientras Tom miraba
y refunfuñaba a sus espaldas.
— ¿Qué dice ahí?
— Señor Tom Gibbs -dijo Benjy en voz baja, pintando.
Tom parpadeó un minuto y al fin dijo:
— Todavía tengo hambre. Que alguien encienda el fuego.

No había estampillas. Cora empalideció. Tom tuvo que enganchar el caballo e ir hasta
Green Fork a comprar algunas estampillas rojas, una verde, Y diez rosadas con las
imágenes de unos dignos caballeros. Pero Cora fue con él para asegurarse de que Tom
no echaba estas primeras cartas al arroyo. Cuando volvieron a la casa, lo primero que
hizo Cora fue ir a mirar en el nuevo buzón, con ojos brillantes.
— ¿Estás loca? -dijo Tom.

— No cuesta nada mirar.
Aquella tarde Cora visitó el buzón seis veces. A la séptima vez saltó una marmota. Tom
se reía desde el umbral golpeándose las rodillas. Aún se reía cuando Cora lo echó de la
casa.
Luego Cora se quedó en la ventana mirando su buzón, justo enfrente del de la señora
Brabbam. Diez años atrás la viuda había plantado su buzón debajo de las narices de
Cora, casi, cuando hubiera podido ponerlo más cerca de su propia cabaña. Pero la
señora Brabbam tenía así una excusa para bajar flotando la loma como una flor aguas
abajo, abrir el buzón con toses y murmullos, espiando de vez en cuando para ver si Cora
miraba. Cora siempre miraba. Cuando la viuda la sorprendía, fingía regar flores con una
lata sin agua, o recoger hongos fuera de estación.
A la mañana siguiente Cora se levantó antes que el sol hubiera calentado los macizos de
fresas o el viento hubiese movido los pinos.
Benjy estaba sentándose en el catre cuando su tía volvió del buzón.
— Demasiado temprano -dijo él-. El coche del cartero no ha pasado aún.
— ¿El coche?
— A estos lugares tan alejados vienen en coche.
— Oh.
Cora se sentó.
— ¿Estás enferma, tía Cora?
— No, no. -Cora parpadeó-. Es que en veinte años no recuerdo haber visto ningún coche
de correos por aquí. Acabo de pensarlo. En todo este tiempo jamás vi un cartero.
— Quizá viene cuando no estás cerca.
— Me levanto con la niebla, y me acuesto con las gallinas. Nunca lo pensé realmente,
por supuesto, pero… -Cora se volvió para mirar por la ventana, hacia la casa de la señora
Brabbam- Benjy, tengo una mala corazonada.
Cora se incorporó, salió de la cabaña, y bajó por la estrecha senda que llevaba al buzón
de la señora Brabbam. El silencio cubría los campos y lomas. Era tan temprano que uno
tenía que hablar en voz baja.
— ¡No infrinjas la ley, tía Cora!
— ¡Chist! Veamos. -Cora abrió el buzón, y metió la mano como alguien que mete la
mano en la madriguera de un topo-. Aquí están.
Sacó unas cartas que le crujieron entre las manos.
— ¡Pero cómo! ¡Estas cartas están abiertas! ¿Las abriste tú, tía Cora?
— No las toqué nunca, muchacho. -Cora parecía aturdida-. Ni siquiera mi sombra había
tocado este buzón.
Benjy miró las cartas por un lado y por otro, moviendo la cabeza.
— ¡Pero, tía Cora, estas cartas son de diez años atrás!
Cora le arrancó las cartas.
— Tía Cora, esa mujer ha estado sacando del buzón las mismas cartas todos los días,
durante años. Y ni siquiera están dirigidas a la señora Brabbam, sino a una mujer
llamada Ortega, de Green Fork.
— ¡Ortega, la mejicana de la tienda de comestibles! Todos estos años -murmuró Cora,
con los ojos fijos en las gastadas cartas que tenía en la mano-. Todos estos años.
Alzaron los ojos hacia la dormida casa de la señora Brabbam en la fresca y silenciosa
mañana.
— Oh, esa taimada, escandalizando siempre con su correo, tratando de humillarme.
Siempre pavoneándose leyendo sus cartas.
La puerta de la señora Brabbam se abrió.
— ¡Mételas otra vez en el buzón, tía Cora!

Cora cerró de un golpe el buzón y le sobró tiempo. La señora Brabbam bajó
deslizándose por el sendero, deteniéndose tranquilamente aquí y allá a observar alguna
flor silvestre recién abierta.
— Buenos días -dijo dulcemente.
— Señora Brabbam, éste es mi sobrino Benjy.
— Qué bien. -La señora Brabbam giró sobre sí misma, con un floreo de sus floridas
manos blancas, golpeó el buzón como para despertar las cartas que había dentro, levantó
la tapa, y sacó el correo, a escondidas, de espaldas. Hizo algunos movimientos y se
volvió feliz, parpadeando.
— ¡Maravilloso! ¡Mire, una carta del tío George!
— ¡Bueno, pero qué bien! -dijo Cora.

Luego los días estivales, los días sin aliento de la espera. Las mariposas saltaban
anaranjadas y azules en el aire, las flores se balanceaban alrededor de la cabaña, y se oía
el duro y constante sonido del lápiz de Benjy que escribía a lo largo de las tardes. La
boca de Benjy estaba siempre llena de comida, y Tom entraba siempre taconeando y
descubría que el almuerzo o la cena se habían atrasado, o enfriado, o las dos cosas, o no
había ni almuerzo ni cena.
Benjy sostenía el lápiz extendiendo deliciosamente su mano huesuda, escribiendo
cariñosamente cada vocal o cada consonante mientras Cora se inclinaba sobre él, y
formaba palabras haciéndolas rodar sobre su lengua y deleitándose cada vez que las veía
rodar sobre el papel. Pero no aprendía a escribir.
— Es tan divertido verte escribir, Benjy. Mañana empezaré a aprender. ¡Ahora
escribamos otra carta!

Se abrieron paso entre anuncios sobre asma, bragueros y magia, se asociaron a los
Rosacruces, o por lo menos pidieron un ejemplar gratis del Libro Sellado donde se
hablaba del Conocimiento condenado al olvido, los Secretos de los Ocultos Templos de
la Antigüedad y Enterrados Santuarios. Luego los paquetes gratis de semillas de girasol
gigantes, y algo para la acidez de estómago. Una brillante mañana de verano habían
llegado a la página 127 de la Revista Quincenal del Crimen cuando…
— ¡Escucha! -dijo Cora.
Escucharon.
— Un coche -dijo Benjy.
Y por las lomas azules, entre los altos pinos verdosos, y a lo largo del camino
polvoriento, kilómetro a kilómetro, llegó el sonido de un coche hasta que al fin dobló la
curva y se acercó ruidosamente. En un instante, Cora estaba fuera de la casa corriendo,
y mientras corría, escuchaba, veía y sentía muchas cosas. Primero vio de reojo a la
señora Brabbam que resbalaba sendero abajo. La señora Brabbam se quedó petrificada
cuando vio el brillante camión verde que venía humeando, y se oyó el silbido de un
silbato de plata; y el viejo del camión, justo antes que llegara Cora, sacó la cabeza por la
ventanilla.
— ¿Señora Gibbs? -preguntó.
— ¡Sí! -gritó Cora.
— Correo para usted, señora -dijo el viejo y le extendió unas cartas.
Cora extendió la mano y la retiró en seguida, recordando.
— Oh -dijo-, por favor, ¿no le molestaría ponerlas, por favor… en mi buzón?
El viejo la miró entornando los ojos, miró el buzón, y luego otra vez a Cora y se rió.
— No, no es molestia -dijo, y puso las cartas en el buzón.
La señora Brabbam, con los ojos muy abiertos, no se había movido.
— ¿No hay carta para la señora Brabbam? -preguntó Cora.

— Esto es todo -dijo el viejo, y el camión se fue levantando polvo camino abajo.
La señora Brabbam estaba allí con las manos apretadas. Luego sin mirar su propio
buzón, se volvió y subió rápidamente por el sendero, con su falda susurrante, hasta
perderse de vista.
Cora dio vueltas alrededor de su buzón, sin tocarlo.
— ¡Benjy, he recibido unas cartas! -Buscó adentro delicadamente, las sacó y las miró
por los dos lados. Luego las puso despaciosamente en la mano de Benjy-. Léemelas.
¿Está mi nombre en el sobre?
— Sí, tía.
Benjy abrió la primera carta con el debido cuidado y la leyó en voz alta en la mañana de
estío.
— Estimada señora Gibbs…
Se detuvo y dejó que Cora saboreara las palabras, con los ojos entornados, y las
repitiera silenciosamente. Luego leyó otra vez el encabezamiento, y continuó:
— Le enviamos con esta carta el folleto gratuito de las Escuelas Intercontinentales por
Correspondencia, que le informará cómo también usted puede seguir los cursos por
correspondencia de enfermera…
— ¡Benjy, Benjy, qué feliz soy! ¡Empieza de nuevo!
— Estimada señora Gibbs -leyó Benjy.

Luego de esto, el buzón nunca estuvo vacío. El mundo venía corriendo y se apretujaba
en el buzón; lugares que ella nunca había visto, y de los que nada había oído. Folletos
de turismo, condimentados pasteles, y hasta una carta de un caballero mayor que
buscaba una señora “de cincuenta años, carácter tierno, y con dinero; objeto,
matrimonio”. Benjy respondió: “Soy casada, pero gracias por su amable y considerada
atención. Suya sinceramente, Cora Gíbbs”.
Y el río de cartas siguió fluyendo entre las lomas; catálogos de coleccionistas de
monedas, folletos de novedades, listas de números mágicos, recetas contra la artritis,
muestras de matamoscas. El mundo llenaba el buzón de Cora, que ya no se sentía sola y
alejada de la gente. Si un hombre le escribía una carta acerca de los misterios revelados
de los Antiguos Mayas, él recibía a su vez por lo menos tres cartas de Cora a la semana
siguiente, que debían transformar aquella relación formal en una cálida amistad. Luego
de una jornada de escritura particularmente dura, Benjy tuvo que bañarse la mano en
sales Empson.
Hacia el fin de la tercera semana, la señora Brabbam dejó de visitar su buzón. Ni
siquiera salía a la puerta de su cabaña a tomar aire, pues Cora estaba siempre en el
camino, con el cuerpo inclinado hacía delante, esperando sonriente al cartero.

El verano terminó demasiado pronto, o por lo menos esa parte del verano que realmente
importaba; la visita de Benjy. Allí en la mesa de la cabaña estaba su rojo pañuelo de
badana, con unos sandwiches frescos condimentados con cebolla, y envueltos en hojas
de menta para que el olor no pasara a la tela; allí en el piso, listos, recién lustrados,
estaban sus zapatos, y allí en la silla, con su lápiz que en un tiempo había sido largo y
amarillo, pero que ahora era sólo un masticado pedazo, estaba Benjy. Cora lo tomó por
la barbilla y le alzó la cabeza, como si estuviese sopesando una variedad desconocida de
sandía estival.
— Benjy, debo disculparme contigo. No creo haberte mirado una sola vez a la cara en
todo este tiempo. Me parece que conozco todas las verrugas de tu mano, todos sus
padrastros, todas sus protuberancias y huecos, pero si me encontrara con tu cara en una
multitud no te reconocería.

http://www.scribd.com/doc/17724283/BRADBURY-ray-las-doradas-manzanas-del-sol

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5 comentarios to “*El ancho mundo allá lejos, R. Bradbury”

  1. es una historia q tiene un gran valor en el cual uno se da cuenta la importancia de conocer mas alla de donde vives y saber escribir y leer para poder comunicarse

    • Lo leí cuando era adolescente. Me produjo una inmensa melancolía. Tuve gente querida que nunca conoció ese ancho mundo allá lejos.

  2. […] https://buckmiller.wordpress.com/el-ancho-mundo-alla-lejos/ […]

  3. Nora corrió, y el mundo corrió detrás de ella. (maravilloso)

    • Ray marcó mucho mi alma.
      Cora tenía pocas oportunidades. Y no pudo recordar en ese verano que necesitaba herramientas para viajar a ese ancho mundo de allá lejos.
      Ya no posteo acá, estoy en https://ultimatewanker.wordpress.com/


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